La pandemia, el neoliberalismo y el mundo que ya fue

Por: 

Humberto Campodónico

La situación económica internacional que ha creado el corona virus tiene, en estos momentos, el siguiente componente central a nivel mundial: los países, tanto las llamadas economías avanzadas, como los países emergentes y los países en desarrollo luchan contra la pandemia con medidas de cuarentena total. 

Lo que esto produce es una recesión que no tiene como origen shocks provenientes del sector económico y financiero, como la crisis de 1929 o la del 2008-2009. No. Proviene de recesiones auto-inducidas debido a la parada casi total de la actividad económica. Esto es lo que ha sucedido en China, Japón, EEUU, Francia, Italia, España, India para mencionar a los países de importancia económica mayor. 

Esta recesión implica, como es sabido, que las empresas dejan de vender y las personas solo compran lo absolutamente indispensable para sobrevivir la cuarentena. Como la actividad económica está parada, las personas dejan de percibir sus salarios y/o no pueden obtener sus ingresos de actividades informales, como les sucede a varios países de América Latina, incluido el Perú. 

Algunos analistas creen que, pasada la cuarentena y cuando se descubra la vacuna contra el corona virus, todo volverá a ser como antes. Volveremos al “business as usual”. Están absolutamente equivocados. Lo que esta pandemia está demostrando, justamente, adonde nos lleva el “orden” económico actual, seguido en EEUU y Europa. 

En efecto, dejar que las fuerzas del mercado, a su libre albedrío, decidan su (nuestro) destino económico, ya nos llevó a la crisis del 2008-2009, de la cual todavía no hemos salido. Pero la pandemia actual nos está revelando cuáles son las consecuencias de las políticas neoliberales. Ya Piketty, y varios antes que él, nos había demostrado la creciente desigualdad en la distribución de ingresos a nivel mundial. 

Esa desigualdad viene de la mano con la disminución de la recaudación tributaria de los Estados, lo que tiene incidencia directa en las inversiones en infraestructura vial y agrícola. Pero, sobre todo, en la educación y la salud: en hospitales, camas, personal médico y de enfermeras, ventiladores, mascarillas, etc. Hay excepciones, claro, pero la orientación general es la señalada. 

Lo peor es que avanza el cambio climático (colapso, dice el economista ecuatoriano Alberto Acosta), que amenaza al planeta. No solo se trata de las emisiones de dióxido de carbono de los aviones, barcos y automóviles a nivel mundial, sino del arrasamiento deliberado de los bosques forestales para ampliar los cultivos de soya, palma aceitera y transgénicos, entre otros. 

Los científicos y epidemiólogos nos repiten todos los días que esta destrucción del planeta, que es cada vez más rápida, es la que genera las condiciones para la aparición de los virus y las pandemias. El COVID-15 no cae como un rayo en cielo sereno. Al contrario, es la reiteración de lo que ya sabemos. 

La actual pandemia se da en momentos de disputa por la hegemonía mundial en el siglo XXI. Algunos, como el economista inglés Martin Wolf, nos dicen que las dos grandes potencias actuales debieran ponerse de acuerdo para liderar al mundo de manera ordenada a nivel global. 

Lamentablemente, esto no está sucediendo. Desde la llegada de Trump al poder, su orientación ha sido volver al poder del Estado nacional norteamericano. Ha subido aranceles, ha abandonado la COP, se ha salido del acuerdo nuclear con Irán. Y ha unificado el pensamiento de buena parte de la clase política de EEUU para aislar y derrotar a China, como lo demuestra la guerra contra Huawei (tecnología 5G) y las iniciativas para excluir a China de los minerales estratégicos (ERGI) y América Crece y sustituirla por inversiones norteamericanas. 

Esta iniciativa “trumpista” está socavando los pilares ya establecidos de la globalización neoliberal, es decir, liderada por las grandes empresas transnacionales. El objetivo de estas empresas ha sido considerar al globo terráqueo como su gran mercado. La producción se “deslocalizó” y ahora los insumos para manufacturar un producto provienen, muchas veces, de 10 a 15 países distintos. 

Se ha creado el método “just in time”: los productos llegan por avión al centro manufacturero final, de manera tal de ahorrar costos laborales y de insumos caros en los países industrializados y, también, para no tener grandes inventarios de esas mercancías, que generan “costos hundidos onerosos”. 

Ya se nota en EEUU y otros países, que se ponen en marcha políticas económicas y comerciales para no depender de terceros países, para que su “seguridad de abastecimiento” quede garantizada. Pero la política del avestruz no es una política. Simplemente significa tratar de ignorar los problemas que es incapaz de enfrentar. 

Por eso, lo más probable es que haya fuertes cambios. El golpe económico y político que está sufriendo EEUU es muy grande. No es un país líder aquel que demuestra, de un lado, su extrema debilidad frente a la pandemia, en materia de atención a sus ciudadanos. Y, de otro, que no es capaz de implementar una respuesta centralizada a la pandemia, pues cada gobernador estadual o de condado, toma las medidas de política que le parecen convenientes.

Si eso es así, la globalización tal como la conocemos, está llegando a su fin. No es la primera vez que eso sucede. Pasó lo mismo en la primera década del siglo XX, lo que llevó a la I Guerra Mundial. Y después a la segunda. No es en vano que Donald Trunp continuamente habla sobre el virus de Wuhan, o el virus chino. 

Es en medio de estos realineamientos de crisis a nivel mundial – y que pueden llegar a escenarios bélicos incluso en nuestros territorios, como los que Trump anuncia para Venezuela- que deberemos actuar en los próximos años. Tenemos que terminar nuestra excesiva dependencia en las materias primas, dinamizar el agro, impulsar la diversificación productiva, hacer una reforma tributaria donde paguen más los que más tienen, una reforma de pensiones, terminar con los oligopolios (en farmacias, alimentos y bebidas, productos farmacéuticos, entre otros). Y hacer posible la reforma política y judicial, aunque todos estos temas superan el marco de este artículo. 

Otra globalización es posible. El libre mercado ha demostrado su agotamiento total. No es verdad que el mercado sea el “orden natural” de las cosas, motivo por el cual el Estado debe tener un rol mínimo, como dicen los neoliberales. Es al revés, es el Estado quien, en conjunto, con los ciudadanos en el mercado, establece las leyes y las normas de convivencia que permiten el desarrollo económico y social. Necesitamos un nuevo contrato social.

La actual pandemia va a reforzar la conciencia social ya existente, lo que constituirá otra gran fuerza a favor de la transformación económica y social. Y que existen las fuerzas para llevarlo adelante. 

Pero, hoy, la tarea de la hora es poner todos nuestros esfuerzos para que triunfe la cuarentena. Debemos oponernos a aquellos que plantean la muerte en nombre de la reactivación económica, como Bolsonaro y Trump. Tenemos que hacer todo lo posible por derrotar al virus, a sabiendas de todas las deficiencias de nuestro sistema de salud, maltratado por 30 años de neoliberalismo, que priorizó la privatización de la salud. No tenemos la suficiente cantidad de pruebas moleculares, ni de camas, ni de ventiladores. Nuestros médicos, enfermeras y personal de salud están mal pagados.

Podemos criticar, y lo haremos, pero hoy es la hora de resistir y seguir peleando, porque de eso depende nuestra sobrevivencia como sociedad. La derrota del virus nos debe dejar en mejores condiciones para avanzar en la lucha contra la corrupción (que sigue latente), la desigualdad y la justicia social. El mundo que viene debe ser muy distinto al que ya se está yendo.

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