Paniagua y el fin de la transición democrática

Por: 

Alberto Adrianzén

Este domingo 22 de noviembre se cumplirán quince años del inicio del gobierno transitorio que presidió Valentín Paniagua. Y si bien quince años puede parecer un tiempo político breve para medir sus consecuencias, es necesario hacer un balance tanto de lo que representó dicho gobierno como de los objetivos planteados en ese momento.
 
Por eso me parece pertinente comparar los ideales y objetivos del gobierno de transición del gobierno de Valentín Paniagua con la actual situación democrática del país. 
 
Creo que el dato más importante que define el carácter y contenido que tenía la transición lo encontramos en su discurso cuando asume la Presidencia Constitucional el 22 de noviembre de 2000. Cito las primeras líneas: “Nace hoy un nuevo tiempo. Se cierra una etapa y se abre otra en la historia del Perú. Un sentimiento de la fe anima a los espíritus de la Nación y una ilusión, acaso excesiva, sacude a todos los peruanos”. 
 
Esta idea, que se puede asociar con un sano jacobinismo, democrático, liberal y republicano, que habla del cierre de una etapa y el inicio de un tiempo nuevo u otro periodo, la encontramos también, en otros discursos. Para Paniagua se trataba de poner fin a esta suerte de péndulo político entre largos inviernos autoritarios y cortas primaveras democráticas, para dar nacimiento a un largo ciclo democrático. Por ello, era vital, si queríamos una transición exitosa, derrotar a lo que representó el régimen autoritario del fujimorismo, esta suerte de gobierno cívico-militar como lo calificaba. En este contexto se puede entender la importancia que tenía la creación de la Comisión de la Verdad. 
 
Valentín Paniagua —y esta es una idea básica y fundamental— al asociar la transición con un momento fundacional o constituyente buscaba no solo iniciar un nuevo ciclo democrático sino también la transformación del país. En su discurso en Arequipa cuando recibe el Honoris Causa de la Universidad Nacional de San Agustín (5 de julio de 2001) insiste en este punto: “Permítanme una reflexión final. Hay quienes cuestionan la necesidad de una nueva Constitución en el Perú. Pocas veces, sin embargo, hemos vivido un momento constituyente más nítido que el presente”. 
 
Volveremos a encontrar esta misma idea, cuando ya no era Presidente, en otro texto del año 2002, en un seminario al que concurre en España: “¿Qué posibilidades se abren en el futuro? Deseo ser muy claro en este aspecto. El Perú no está viviendo una transición más hacia la democracia. Vive en verdad un momento auroral, fundacional”.
 
Esta idea del “momento constituyente o fundacional” estaba asociada a la necesidad no solo de una nueva Constitución como proyecto de país y una nueva legitimidad del Estado basada en nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad, sino también en una modificación radical de lo que podemos llamar la democracia peruana para convertirla en una democracia ciudadana y participativa. Lo que planteaba era la creación de un sujeto para esta nueva democracia. 
 
En su discurso en la Universidad de San Marcos cuando recibe el Honoris Causa dirá: “Finalmente, ¿qué tipo de democracia necesitamos? El soberano se resiste a ser gobernado; quiere ser gobernante. Rechaza “la democracia sin pueblo” —qué diría Duverger— y aspira a una democracia con pueblo, con un pueblo participante y protagonizando un destino”. 
 
Es cierto que hoy vivimos en una democracia precaria y, diríamos, mediocre y nada dialogante. Sus defectos son mayores que sus virtudes. 
 
En una reciente encuesta de IPSOS muestra claramente que las instituciones principales del régimen democrático son las más cuestionadas y, por lo tanto, las que tienen un porcentaje mayor de desaprobación. La desaprobación del gobierno llega en noviembre a 79%, mientras que la del Poder Judicial a 77% y la del Congreso a 82%. Y si a todo ello le sumamos la crítica situación de la pareja presidencial, es bastante obvio que la democracia peruana antes que tener adeptos lo que tiene es un ejército de gente descontenta.  
Luego de quince años se puede concluir que estos ideales que animaron a la transición no solo no se han cumplido sino que, incluso, lo que tenemos es la vuelta a un pasado al que Paniagua quería poner fin. El posible triunfo electoral del fujimorismo, el aumento de la corrupción, la mayor presencia de los poderes fácticos y de los lobbies en el Estado, la pérdida creciente de soberanía, la propia descomposición institucional, la decadencia de la mayoría de partidos y la debilidad política de la sociedad, son los signos más visibles de que la transición no solo quedó inconclusa sino que, gracias a los políticos y a los últimos gobernantes, hoy muestra signos evidentes de su agotamiento. No sería extraño que tengamos una democracia vacía de contenido. Prólogo, acaso, de un invierno autoritario. 
 
(*) Parlamentario Andino. 

Publicado en el Diario La República, 19 de noviembre 2015

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